Estupidez moderna, poder e inteligencia artificial

Estupidez moderna y poder en la era de la inteligencia artificial

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En 2025 la conversación pública mezcla guerras, populismo, redes sociales tóxicas y pánico por la inteligencia artificial, pero casi nunca se usa la palabra incómoda que atraviesa todo eso: estupidez, entendida como falta de pensamiento crítico aliada al poder.

Filósofas como Hannah Arendt explicaron que el mal más peligroso no siempre viene de monstruos evidentes, sino de gente “normal” que deja de pensar y se esconde detrás de la obediencia, la rutina y el “yo solo cumplía órdenes”.

Banalidad del mal en versión 2025

La “banalidad del mal” hoy no está solo en los regímenes totalitarios del siglo XX, también en funcionarios, ejecutivos y votantes que repiten consignas sin cuestionar, firman documentos sin leer y comparten desinformación porque coincide con su emoción del día.

Esa mezcla de comodidad mental y obediencia ciega crea un terreno fértil para decisiones colectivas desastrosas: políticas públicas mal diseñadas, persecuciones digitales y aceptación acrítica de líderes que ofrecen soluciones simples para problemas complejos.

Internet e IA: ¿nos vuelven más tontos?

Durante años se debatió si internet nos estaba haciendo más estúpidos: menos concentración, lectura superficial y dependencia del titular.

Hoy la inteligencia artificial lleva el tema más lejos: algunos autores advierten que el verdadero peligro no es la IA en sí, sino la estupidez humana amplificada por herramientas que usamos sin criterio, sin contexto y sin asumir responsabilidad.

La IA procesa datos, no conciencia; el problema aparece cuando gobiernos, empresas y ciudadanos la tratan como oráculo infalible, justifican decisiones con “lo dijo la máquina” y apagan el músculo de pensar por cuenta propia.

Así se consolida un mundo donde decisiones clave se automatizan mientras la capacidad de entender, cuestionar y corregir se debilita cada día más.

Estupidez funcional y élites cómodas

Varios ensayos recientes describen la estupidez funcional: personas con estudios, cargos e incluso prestigio que, sin embargo, son incapaces de conectar causas y efectos, anticipar consecuencias o poner límites éticos a lo que aprueban.

No es falta de información, es renuncia deliberada a usarla bien: seguir el procedimiento, proteger la carrera personal y no hacerse preguntas incómodas resulta más rentable que pensar en el daño colectivo.

Latinoamérica: resentimiento y anti-intelectualismo

En América Latina la desconfianza hacia las élites se mezcla con desigualdad histórica e instituciones débiles, creando un caldo de cultivo perfecto para el populismo que ridiculiza a los expertos y glorifica la “voz del pueblo” como única verdad legítima.

Parte del resentimiento es comprensible: muchas élites han usado su inteligencia para blindar privilegios, no para mejorar las reglas del juego; el problema es que la respuesta suele ser otra forma de estupidez: simplificar todo en buenos y malos, amigos y enemigos, sin espacio para matices.

IA como espejo, no como salvación

La inteligencia artificial no viene a salvar ni a destruir el mundo por sí sola; funciona como un espejo amplificador del sistema que ya tenemos: si lo que domina es la irresponsabilidad, la propaganda y la superficialidad, la IA solo hará más eficiente ese desastre.

Si, en cambio, se combina con instituciones serias, educación crítica y cultura de rendición de cuentas, puede servir para detectar errores, mejorar decisiones y liberar tiempo para pensar más y mejor, no menos.

Salir de la comodidad estúpida

El punto de fondo no es si somos “más tontos” que antes, sino si estamos dispuestos a seguir viviendo en una comodidad estúpida donde preferimos indignarnos en redes antes que entender, repetir lemas antes que estudiar y delegar en máquinas antes que asumir responsabilidad.

La propuesta disruptiva es simple y radical: recuperar el hábito de pensar en serio como acto cotidiano y político, no como lujo académico, y usar la IA como herramienta, no como coartada, para dejar claro que la inteligencia que más hace falta no es la artificial, sino la valentía de decir no cuando todo empuja hacia el mal banal y rentable.