Estupidez, banalidad del mal e inteligencia artificial: radiografía 2025

Representación crítica de la estupidez moderna y el poder

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En pleno 2025 se habla de guerras, populismo, odio en redes y de una inteligencia artificial que “nos va a destruir”, pero casi nadie quiere asumir una palabra incómoda y vieja: estupidez.

No como insulto barato, sino como una mezcla peligrosa de ignorancia voluntaria, obediencia cómoda y renuncia a pensar, justo el terreno donde florecen la banalidad del mal de Hannah Arendt, la manipulación política moderna y la IA usada como muleta mental. [web:79][web:85][web:90][web:96]

De la banalidad del mal al timeline

Arendt explicó que el mal más peligroso no viene del monstruo clásico, sino del burócrata gris que no piensa, que ejecuta órdenes sin hacerse preguntas y se refugia en el “yo solo cumplía instrucciones”. [web:79]

Hoy ese burócrata se multiplica en funcionarios que firman sin leer, ejecutivos que aprueban algoritmos tóxicos “porque el modelo da números” y votantes que comparten basura en redes sin verificar nada, mientras dicen que solo están “opinando”. [web:85][web:96]

Internet, IA y estupidez acelerada

Hace años se discutía si internet nos estaba volviendo más estúpidos: menos atención, más superficialidad, más dependencia del clic fácil. [web:84][web:96]

Ahora el debate subió de nivel con la inteligencia artificial: hay expertos que advierten que el verdadero peligro no es la IA en sí, sino la estupidez humana amplificada por herramientas que usamos sin criterio, sin contexto y sin responsabilidad. [web:87][web:90][web:98]

La IA no “piensa” ni “sabe”, procesa datos; el problema es cuando personas sin formación crítica la convierten en oráculo infalible, justifican decisiones con “lo dijo la máquina” y desarman la cultura del análisis serio. [web:90][web:96]

Así se crea una combinación explosiva: tecnología poderosa en manos de instituciones débiles y ciudadanos saturados pero poco formados.

Estupidez funcional y sistemas rotos

Varios filósofos y ensayistas modernos han descrito la estupidez funcional: gente que puede tener títulos, cargos o éxito, pero que es incapaz de jerarquizar lo importante, cuestionar consignas o ver las consecuencias a largo plazo. [web:85][web:97]

Esa estupidez no es “ser bruto” en el sentido clásico, es renunciar a la responsabilidad de pensar por cuenta propia, delegarlo todo en líderes, partidos, influencers, gurús o algoritmos.

En política se ve en la facilidad con la que prosperan las narrativas simplistas de “ellos son el problema, nosotros somos la solución”, acompañadas de música, espectáculo y lenguaje emocional que anestesia la razón. [web:85][web:93]

En negocios se ve en juntas directivas que miran solo el trimestre, aceptan riesgos gigantes porque “todo el mundo lo está haciendo” y tratan la ética como un PowerPoint, mientras sistemas críticos se gestionan con improvisación y postureo.

Latinoamérica, resentimiento y cinismo

En América Latina la mezcla es todavía más delicada: desigualdad vieja, instituciones débiles y una élite que muchas veces ha usado su inteligencia para blindar privilegios, no para construir reglas del juego más justas. [web:89]

Eso alimenta una reacción populista donde se desprecia al experto, al académico y al técnico por asociarlos con abuso y humillación, y se aplaude a quien “habla claro”, aunque su propuesta sea un desorden peligroso disfrazado de autenticidad. [web:85][web:97]

El resultado es un círculo vicioso: la gente se siente tratada como estúpida por la élite, la élite considera estúpido al pueblo y la conversación pública se degrada a gritos, memes y consignas donde la complejidad se considera sospechosa.

IA, poder y responsabilidad real

La irrupción de la IA no ocurre en un vacío neutral, llega a un mundo atravesado por tensiones de poder, propaganda, desigualdad informativa y sistemas educativos que no preparan para pensar en serio sobre tecnología. [web:90][web:96][web:98]

El peligro no es que un modelo de IA “despierte” un día y nos domine, sino que gobiernos, grandes empresas y actores sin escrúpulos la usen para vigilar más, manipular mejor y automatizar decisiones sin transparencia ni rendición de cuentas.

En el otro extremo, el ciudadano común corre el riesgo de acostumbrarse a no leer, no comparar fuentes, no hacer cuentas básicas y delegarlo todo en asistentes automáticos, perdiendo musculatura cognitiva y sentido crítico.

La combinación de banalidad del mal, estupidez funcional e IA masiva puede convertir errores graves en rutina silenciosa: nadie se pregunta, nadie firma, nadie responde, pero el daño se ejecuta igual. [web:79][web:85][web:90]

Salir de la idiotez confortable

La salida no es demonizar ni internet ni la IA, sino asumir que no hay tecnología que compense la cobardía intelectual: si no queremos pensar, siempre habrá alguien dispuesto a pensar por nosotros y a cobrarnos caro esa delegación. [web:84][web:90][web:96]

Hablar de estupidez en este contexto no es insultar al pueblo, es denunciar estructuras que premian la obediencia ciega, la emoción instantánea y la ignorancia útil, mientras castigan la duda, la complejidad y la autocrítica.

El reto disruptivo hoy no es tener más datos ni más apps, es recuperar un estilo de vida mental donde hacer preguntas difíciles sea un acto cotidiano, no un lujo de filósofos; y donde la inteligencia no se mida solo por el algoritmo que usamos, sino por la capacidad de decir “no” cuando todo el sistema empuja hacia el abismo.