Ignorancia institucionalizada: el enemigo silencioso del desarrollo
Saboteadores modernos en política, empresa y sociedad
Ignorar ya no es simplemente desconocer. En la sociedad contemporánea, la ignorancia activa se ha convertido en escudo, moneda y estrategia. No es casual: se elige para evadir responsabilidad, perpetuar modelos de poder y blindar intereses. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué la ignorancia tiene más presencia en los palacios, redes y juntas empresariales que el saber auténtico?
Hoy la ignorancia opera como infraestructura invisible del sistema. No solo se tolera; se institucionaliza en protocolos, leyes ambiguas y normativas que premian el silencio, la inacción y la repetición de dogmas. El pensamiento crítico, transformador y plural muchas veces queda excluido, mientras el conformismo es presentado como consenso y estabilidad.
Empresas y gobiernos cultivan la ignorancia por conveniencia: un equipo que no cuestiona es fácil de manejar, un ciudadano desinformado es fácil de convencer, y una red social aplastada por bulos es idónea para manipular opiniones. Así, la ignorancia deja de ser una ausencia y se convierte en poder: el poder de vetar el debate, simplificar el conflicto e impedir el cambio real.
¿Por qué triunfa la ignorancia? Porque da tranquilidad, reduce el miedo y hace cómoda la vida de muchos. Los dogmas, mitos corporativos y discursos oficiales tranquilizan y dan identidad, aunque a costa de limitar el progreso y la innovación. El ignorante “seguro” goza de la popularidad que nunca alcanza el pensador inquieto.
La era digital vino a amplificar el fenómeno. Se viralizan “verdades” emocionales, los algoritmos premian gritos más que razones, y los expertos quedan en minoría ante el linchamiento de las masas. Así, hemos convertido la ignorancia en espectáculo y negocio, y la mediocridad en cultura dominante.
El desafío es restaurar el valor del conocimiento. No basta con saber, hay que incomodar: crear preguntas, aceptar el error y confrontar el poder. La educación, la ética empresarial y la política responsable deben volver a ser trincheras activas contra la ignorancia. Solo así lograremos abrir camino al desarrollo sostenible —donde el saber y la crítica recuperen espacio frente al dogma y la simulación.
El futuro depende de nuestra capacidad de desarticular la ignorancia institucionalizada y promover una cultura de excelencia, empatía y responsabilidad. No podemos seguir rindiendo culto a la ignorancia elegida; es tiempo de decidir entre la comodidad del aplauso fácil y el compromiso de transformar una sociedad que merece saber y crecer.