La fuerza revolucionaria de la gratitud ante la maldad y el éxito de los mediocres
¿Qué hacer cuando lo negativo parece dominar y los “malos” ganan?
El asombro por la maldad triunfante y la mediocridad coronada no es nuevo en Dominicana ni en el mundo. Más de una vez sentimos rabia social: “¿Por qué los sinvergüenzas suben?” Lo cierto es que, mientras el ruido de lo tóxico crece y se glorifican modelos vacíos, existe un abordaje revolucionario y discreto: la gratitud activa, la capacidad de entrenar la mirada para notar lo que sí está bien, valorar lo propio y tejer esperanza.
Esto no es positividad simplona ni resignación. Es resistencia biológica, social y espiritual. Diversos estudios lo demuestran: personas y culturas que apuestan por la gratitud generan circuitos cerebrales más saludables, vínculos sólidos y estrategias psicológicas más robustas que cualquier queja colectiva. La gratitud, como acto deliberado, es un antídoto contra el veneno del cinismo y la falta de propósito cotidiano.
En República Dominicana, donde el “tigreaje” muchas veces marca tendencia y la frustración parece pandemia, apostar por la gratitud es profundamente disruptivo. Es escoger conscientemente ver y agradecer por la familia, una comida compartida, la salud, la amistad leal, el pequeño negocio que persevera, la sonrisa que vence al rencor. Estos gestos generan sentido real, bienestar físico y emocional — y valen más que cualquier indicador económico.
¿Por qué muchas veces los malos ganan? Quizá porque han aprendido a manipular las reglas del juego, a vivir de la apariencia y a seducir al sistema. Pero mientras su éxito es fugaz y vacío, la gratitud teje un capital invisible y duradero: confianza propia, comunidad, paz interior, resiliencia y visión de largo plazo. Quienes agradecen viven más libres y plenos, aunque no siempre en la portada del diario.
¿Cómo practicarla? Tres claves: 1) Anota cada noche lo bueno que ocurrió, así sea mínimo. 2) Exprésalo en voz alta: a tu gente, a un desconocido, incluso a ti mismo en el espejo. 3) Actúa: devuelve algo bueno a tu entorno; la gratitud es más poderosa al compartirse. Así se reprograma el cerebro, se sana el cuerpo y se robustece la sociedad — por encima del rumor y la queja sistémica.
Quedarnos en el lamento es conceder la victoria a los mediocres. Hacer de la gratitud una práctica es revolucionar nuestra percepción y construir cordones de dignidad y propósito. Y aunque afuera griten los superficiales, la fortaleza de lo auténtico, tarde o temprano, siempre brilla y trasciende. Dale masa cana a la gratitud dominicana. Hacernos, al fin, protagonistas de una vida con sentido.