Racismo por defecto en RD: el color que no queremos ver

Racismo cotidiano e identidad dominicana

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El presidente ha dicho que “la República Dominicana no es un país racista”, que somos un pueblo mestizo donde ese problema no existe. En el papel suena bien, pero cualquiera que conozca la historia dominicana y la vida diaria sabe que el tema del color y del origen atraviesa silenciosamente casi todo.

El dominicano, como regla no escrita, es racista por defecto: reniega de su propio tono de piel, sueña con “mejorar la raza” y al mismo tiempo vive en un país donde la mayoría de la población es de color oscuro, muy parecido al haitiano, aunque se refugie en la palabra “indio” para no decir “negro”.

Clases que se miran con recelo

En la práctica conviven dos mundos que se chocan todo el tiempo: una minoría más clara, con más educación formal y más acceso al poder económico y político, y una mayoría que viene de abajo, muchas veces marginada, que encuentra en la música urbana y en la cultura popular una locomotora de ascenso social y simbólico.

Una parte de esa mayoría siente que, por haber sido excluida durante décadas, tiene algo así como licencia para llevarse el mundo por delante: cobrarle a la sociedad con rebeldía, ostentación y rabia lo que el sistema le negó en oportunidades reales. Esa tensión de clases y colores se expresa en el barrio, en las redes, en los medios y en la política, aunque casi nadie la quiera nombrar como lo que es.

Ráfaga de apellidos: nadie es “puro”

Duarte: padre español, madre hija de español y dominicana; dominicano de primera generación, no mito de sangre criolla perfecta.

Gregorio Luperón: apellido francés castellanizado y ascendencia haitiana por línea materna; Padre de la Restauración nacido de la mezcla que hoy se usa para insultar.

Trujillo: nieto de Luisa Ercina Chevalier, de origen haitiano; dictador que ordena matar haitianos mientras esconde el haitianismo en su propio árbol genealógico.

Balaguer: abuela haitiana y raíces franco-haitianas; campeón del discurso antihaitiano con la negritud literalmente “detrás de la oreja”.

Juan Bosch: hijo de españoles, madre nacida en Puerto Rico, familia que vivió en Haití; dominicanidad reciente y totalmente construida, no “origen puro”.

Jacobo Majluta: hijo de dominicano de ascendencia siria y madre libanesa; otro ejemplo de élite con raíces migrantes.

Peña Gómez: linaje africano vía España establecido en territorio dominicano durante generaciones; más dominicano por historia familiar que muchos de sus críticos, pero señalado como “haitiano” para bloquearlo políticamente.

Un país negro que huye de su propio color

Los estudios de ADN y la simple observación de la calle muestran que la mezcla dominante en República Dominicana combina una fuerte raíz africana, una raíz europea y un componente indígena menor. La mayoría de la población es de color oscuro, aunque las estadísticas oficiales y las categorías de documentos sigan jugando con eufemismos.

Pese a eso, se mantiene la obsesión con “aclararse”: se celebra cuando el hijo “sale clarito”, se evita la pareja muy oscura si se quiere “subir de nivel” y se defiende la etiqueta “indio” como escudo psicológico. El resultado es un país que trata la negritud como defecto y la blancura como ascenso, incluso dentro de la misma familia.

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El racismo también puede invertirse

En Estados Unidos ya hay casos donde el péndulo se mueve al otro lado: profesores blancos que se quejan de que todos los puestos en su departamento van a minorías, debates virales donde se les crucifica en público por cuestionar el reparto y carreras académicas que se destruyen por decir en voz alta lo que muchos murmuran en los pasillos.

Ese ejemplo sirve para algo importante: recordar que el problema no es el color en sí, sino cuando el color sustituye al mérito. En Dominicana ya se ve otra versión: el empresariado descubre que es más barato contratar minorías, subirlas poco a poco en la escalera durante diez años y, cuando por fin llegan a una gerencia, se dan cuenta de que esa persona está atrapada en el tren burocrático de la empresa, sin habilidades frescas para un mundo que cambió afuera.

No pro haitiano, no anti haitiano: pro verdad

Este enfoque no parte de ser pro haitiano ni anti haitiano, ni de medir quién es más blanco o más negro. Para quien escribe, todos los seres humanos valen lo mismo, sin importar pasaporte, color o apellido. Lo que se cuestiona es la hipocresía de negar un racismo que se vive en chistes, en decisiones de contratación, en controles migratorios y en la forma en que se juzga el éxito según el tono de piel.

La República Dominicana es un país de mezcla profunda donde la raíz negra y la influencia haitiana forman parte de la historia real, no del insulto. Aceptar esa verdad no nos hace menos, nos hace más adultos: permite reconocer que ya somos mayoritariamente de color, que la mayoría viene de abajo empujando hacia arriba, y que el reto no es seguir negando el racismo por defecto, sino desarmarlo para construir un país donde la identidad no dependa del tono, sino de lo que se hace con la vida que se tiene.